Las señoras se pasean por las calles y plazas. Se pasean envueltas en sus abrigos de piel, como gorriones que asomaran sus cabecitas entre el plumaje. se arremolinan en las aceras en grupos de cuatro o cinco, dificultando el paso a los viandantes: los años acumulados les dan preferencia.
Si arrecia el viento y cae la lluvia se mueven en bandada, ligeras criaturas de miembros frágiles, y buscan refugio en las cafeterías. Al calor de un café comparten las pequeñas tragedias y alegrías del día a día. Su alegre gorjeo se extiende entre sillas y mesas.
Cuando anochece, el grupo se disuelve. Cada una regresa al hogar y, tras despojarse de su peluda armadura, acomoda sus huesos cansados en un sillón y se queda traspuesta al arrullo del televisor.
